
La cosa es así. Estoy de vacaciones. Ya van casi 20 días de estar en este estado. Debería estar relajadísima y con todos los chifles out, pero no, se ve que no. Hay uno que nunca se va y que me enfrenta con una faceta repugnante de mi: la impaciencia. Detesto que me hagan esperar, la impuntualidad, llegar tarde por culpa de alguien que se demoró en pasarme a buscar. También alguien que está delante mío en la cola de un banco o del pago fácil y se despacha con mil preguntas para hacer.
Sin ir más lejos, hoy fui a comprar un jugo para llevar a la pileta en el único kiosco abierto a 20 cuadras a la redonda en la devoradora siesta entrerriana y un perejil estuvo mil horas decidiendo si llevaba un cepita o un baggio. Y le pedía al kiosquero una pajita (sorbete). Y después le pedía $2 de palitos de la selva. Y después unas mini rodesias. Y yo ahí, como una estatua esperando que el ser humano éste se digne a registrarme. A mí y al remisero que seguía cobrándome las bajadas de ficha.
Y no es la edad. No, no. Siento esta indignación desde que soy chica. Y es algo físico. Primero lo siento en la garganta. Siento fuego en la yugular, se me calienta el cuello, y se me sube a la cara. Y me pongo re colorada. Y cuando estoy re sacada, algo digo. Al estilo: "bueno, a ver si nos apuramos...". Y quedo como una señora loca. Qué horror.
Lo que me di cuenta es que el negocio en Paraná es poner un kiosco que abra a la siesta. Te llenás de guita.